Las cenizas de Orestes 

 Pignora Imperii

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Introducción

La superstición y extrema religiosidad del mundo romano fue una constante a lo largo de toda su historia. Muchos de los elementos sagrados los heredaron de esas primeras tribus afianzadas en las colinas que permitían darles una legitimidad como potencia hegemónica frente a sus iguales u ofrecerles un origen épico y heroico a través de determinados personajes que provenían de grandes civilizaciones del Este. Sin ir más lejos la fundación de la ciudad centrada en Eneas, el príncipe Troyano permitía a los romanos dotar de un carácter divino a la propia urbe y a los gobernantes que se iniciaron con el reinado de Rómulo. 
En el caso que nos ocupa, esta reliquia sagrada del mundo romano pertenece directamente a uno de los personajes de la familia real micénica que aparecía en los textos Homéricos y que en un periplo que explicaremos posteriormente, llegó directa o indirectamente a Roma. Pero expliquemos el origen para entender el todo.
 

Orestes

 
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Orestes era hijo de Agamenón y Clitemnestra, es decir, heredero del rey de Micenas y vencedor de la Guerra de Troya. Para que lo reconozcáis sería el líder de la facción de las polis helenas que lucharon contra Héctor y Príamo. 
Según el mito, a la llegada de Agamenón, su esposa y el amante de ésta, Egisto, le asesinaron y aunque las fuentes son confusas en este sentido parece ser que la intención de la madre era también dar muerte a su propio hijo Orestes. Bien por la intercesión de su cuidadora o por su hermana Electra, consiguen que el joven salga de la ciudad para hallar refugio y ocultarse en el Monte Parnaso. Allí el rey Estrofio de la fócide le ofrece cobijo criándose con el hijo del regente, Pílades, convirtiéndose en compañero y amigo.
 
Con el devenir de los años, el oráculo de Delfos insta al joven, a través de la orden de Apolo pronunciada por la sibila a que vengue la muerte de su padre. Ambos amigos, Orestes y Pílades, emprenden el camino a Micenas donde se encuentran con Electra quien se sumará a la conspiración para derrocar a los asesinos de Agamenón.
Los tres jóvenes de un modo u otro acabarán asesinando a su madre y al amante de ésta. No obstante, en la mitología griega los parricidios son castigados a través de las figuras de las Erinias que representan el rechazo a la ruptura abrupta de los lazos familiares y airadas éstas por el asesinato de Orestes a su progenitora intentan darle caza. 
Aquí existen varias versiones, una es la salvación de Orestes a través de la intercesión de Atenea que preside el juicio en el areópago de Atenas y lo acaba considerando inocente y la otra que es la que la relaciona con el mundo romano, es Apolo quien para apaciguar a las Erinias hace que el joven viaje hasta Tauro (Crimea) donde debe recuperar y traer a Atenas la estatua de Artemisa (Diana). 
Finalmente y no con pocas dificultades, consigue su cometido y según la tradición helena vuelve a Micenas donde destronará al hijo de Egisto convirtiéndose en rey, pero los romanos retuercen el mito haciendo que Orestes mate al rey de Tauro y no entregue la estatua a Atenas sino que viaje con su otra hermana Ifigenia hasta los montes albanos donde entregará la efigie al santuario de Diana localizado junto al lago Nemi. Orestes según éstos, vivirá en Aricia, una población muy cercana hasta una edad avanzada.
Hasta aquí el mito con sus diferentes versiones pero entonces, ¿qué hay de la reliquia de la que hablamos?
 
 
Templo Diana Nemorensis Lago Nemi
 
Parece ser que la muerte de Orestes, algunos señalan que por la mordedura de una serpiente o bien por los estragos de una edad avanzada, hizo que los restos fueran desplazados desde Aricia hasta la ciudad de Roma. Lo que se relata es que estas cenizas que habían sido previamente enterradas en un bosque cercano finalmente fueran trasladadas a la urbe ubicándolas frente al Templo de Saturno en el Foro y cerca del Templo de la Concordia.
Se desconoce cuáles eran los atributos místicos de sus restos y el motivo por el que se desplazaron hasta Roma, pero sí que significaron una valiosa reliquia digna de morar junto a uno de los Templos más importantes, custodio de las arcas y tesoros del imperio.
Teniendo en cuenta la época hasta la que nos estamos remontando, es lógico que no tengamos más datos que avalen ni su procedencia ni donde acabó tal reliquia. Se perdió en el tiempo sin más noticias, pero sin duda ejerció un poderoso poder en la fe de todos los ciudadanos.
 
 
Mireia Gallego
Noviembre 2022
 

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