Hasta pura

Introducción
Si hablamos de herramientas militares, la lanza es sin duda la expresión más antigua junto con el hacha o el cuchillo. Tan pretérita como el mismo hombre, esas armas primitivas fueron una evolución natural que servía para mantener la distancia del enemigo o del animal y así poder ser arrojadas desde posiciones más alejadas garantizando la propia supervivencia. Era simple, muy simple, pero efectiva y continuó siéndolo a lo largo de los siglos, transformándose muy poco a lo largo de la historia.

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Por tanto, la lanza siguió siendo un recordatorio de ese pasado de lucha, sangre y conquista. Un elemento simple pero relevante icónicamente hablando. En el mundo romano, no solo no desapareció la lanza sino que ésta se consagró como un elemento relevante dentro de las unidades militares hasta el s.III. Los romanos tenían varios modelos de pilum, que era como se conocía a su prototipo de lanza, una más ligera para ser arrojada desde una distancia de unos treinta metros y otra más pesada como arma de embestida. Ambas, aunque habrían más de diferentes tamaños, permitieron la defensa de las unidades en las primeras fases de la batalla para tras su uso, suplirla por el gladius en el contacto cuerpo a cuerpo.
De hecho, Cayo Mario, auténtico artífice de los cambios estructurales en la profesionalización militar, instauró un sistema para dejar inutilizadas las lanzas proyectadas por los legionarios, para que de esta forma el enemigo no pudiera hacer uso de ellas.

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Y entonces, ¿qué era el hasta pura o hasta donática?
Lo mismo que ocurre en el caso de las coronas gramíneas, el hasta pura era una condecoración militar otorgada a aquel legionario, centurión o auxiliar que hubiera demostrado valentía o destacado significativamente en el campo de batalla. El adjetivo "pura" nos indica que no disponía de una hoja funcional sino que sería un elemento plenamente simbólico. No obstante, hay que ser cautelosos porque las fuentes se nos presentan dispares, mientras unos apuntan a la gallardía en el combate como Tácito que nos relata como Rufo Helvio salvó la vida de otro conciudadano romano y por tal hecho recibió el hasta pura, otras fuentes aseguran que se ofrecían al legionario que hubiera herido por primera vez al enemigo, e incluso a determinados soldados o a ciertos séquitos imperiales, por completar el periodo de servicio.
La entrega de este galardón se haría en las plazas de los campamentos militares o frente al aedes, santuario sagrado donde se colocaban los estandartes y donde se rendía culto a los dioses. El general de mayor rango ordenaría la disposición de las unidades con sus estandartes en un acto de inspiración para el resto de los legionarios, y los soldados aclamarían con el choque de sus armas en los escudos el camino del laureado hacia las posiciones de su máximo representante militar. Tras ello, se le entregaba el hasta en manos del más alto cargo y se procedía a pronunciar un elogio a su gesta de forma pública.
Esta clase de condecoraciones servían para insuflar valor y como ejemplo para el resto de las tropas, pero también como signo identitario que conllevaba otra case de privilegios, entre otras cuestiones el ascenso social y el prestigio público no sólo en el ámbito castrense sino como ciudadano de Roma.
El honor de estas distinciones aparecen también en las lápidas funerarias, destacando el notable reconocimiento popular del difunto.
Mireia Gallego
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