Santuario Artemisa Brauronia

Imagen Creative Commons-Artemisa Brauronia Museo de la Acrópolis
 

Introducción

Los monumentos que duermen en la Acrópolis de Atenas son símbolos vivos de un pasado glorioso, innovador y eterno. Ciertamente cuando asciendes la colina la sensación es la de hallarte ante un espacio sagrado, independientemente de tu bagaje religioso y cultural. Curiosamente hay muchos edificios reconocibles e icónicos que centran las miradas mientras otros yacen a su lado casi ignorados por el turista, os aseguro que muchas de las piedras que yacen en la meseta sirven de asientos improvisados, entre otras cosas porque es francamente difícil reconocer un edificio clásico entre esa amalgama de losas desordenadas. El propósito de estos artículos que dedico a los yacimientos es precisamente hacer hincapié en que es necesario mirar más allá de lo que se aprecia a simple vista. Uno de estos edificios casi borrados por el tiempo es el Santuario de Artemisa Brauronia y bien por su uso o por su estética es necesario ponerlo en el sitio que merece. 
 

Artemisa Brauronia

Hablar de Artemisa es reconocerla como la Diosa por excelencia de la caza y relacionarla con una virginidad casi obsesiva. Fue hija de Zeus y Leto y melliza de Apolo, de hecho Artemisa ayudó con el parto de su propio hermano en la isla de Delos motivo por el cual entre sus muchas atribuciones se encuentra la de proteger a las parturientas. Es una entidad antiquísima con fuertes lazos que la relacionan con periodos anteriores a época micénica y siempre con epítetos que la refieren como señora de los animales o protectora de los bosques, porque efectivamente Artemisa era una entidad libre que prefería estar al abrigo de la naturaleza que bajo las bondades del Olimpo. 
Adorada en muchas ciudades, Artemisa ocupó un espacio preferencial a través de su Santuario en Braurón, una ciudad cerca de Atenas a escasos 34 quilómetros, donde se le rendía culto desde antaño muy posiblemente por una evolución de un culto previo.
 
Artemisa había solicitado a su padre ser vírgen, vivir en el bosque y vestir túnica corta, estos tres aspectos moldearían su carácter y su protectorado que se centraría en las jóvenes antes del matrimonio, los animales y la caza.
Los atenienses por tanto, decidieron consagrar un Santuario en su nombre junto a la Calcoteca y muy cerca del Partenón, emulando al que había en Braurón con una disposición muy parecida. 
 

Santuario de Artemisa en la Acrópolis

 

En la imagen superior podéis ver la apariencia actual de lo poco que queda del Santuario, apenas los restos de unos pocos sillares difícilmente reconocibles que pasan desapercibidos para cualquier turista. Aun así las imágenes aéreas permiten visualizar dos cosas, la disposición y forma del yacimiento (trapezoidal) y las estrechas similitudes con su homólogo en Braurión, seguramente hubo una clara intencionalidad en que se asemejara. Todo parece apuntar que el constructor del santuario en el s.V a.C fue Mnesicles, el mismo que levantó los propileos (puertas de entrada de la Acrópolis), pero no se sabe a ciencia cierta.
 
 

Santuario de Artemisa en Braurión y en la Acrópolis de Atenas

 
De CyberMonk - https://www.kronoskaf.com/vr/images/0/0b/Sanctuary_of_Artemis_Brauronia.jpg, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1799249

 

El edificio era simple, se componía de unas estoas (pasillos porticados) donde se hallaban varias estancias para dormir. En el centro, un patio trapezoidal servía para llevar a cabo determinados sacrificios junto al altar. El anexo procuraba un espacio de almacenaje de donaciones a la Diosa por parte de las mujeres atenienses en forma de figuras votivas, túnicas o elementos de carácter infantil. Según Pausanias, a la figura de Artemisa, se le unía una representación en bronce del caballo de Troya con los aqueos apareciendo desde su interior.
 
 
 

El uso del Santuario

La osa sagrada
Es imposible hablar del santuario sin hacer referencia a la importancia de la osa como animal simbólico asociado a Artemisa. Y es que la osa en la antigua Grecia representaba una dualidad profundamente marcada con lo indómito o lo salvaje y a su vez con la maternidad o la protección. Esos dos aspectos casan perfectamente con los epítetos de la diosa y con las caracaterísticas conductuales de Artemisa.
 
En el caso que nos ocupa, el mito viene asociado a la infancia, aspecto que derivará posteriormente a las celebraciones rituales. Parece ser que en el santuario original ubicado en Braurón había una osa consagrada a la diosa. Una niña quedó herida por el animal después de una provocación temeraria de la pequeña, hecho que desembocó en una venganza de sus hermanos que se apresuraron en darle muerte.
La diosa, herida por tal afrenta y enfurecida con los hermanos desató una epidemia que asoló a Atenas causando estragos entre la población. Los sacerdotes consultaron a los oráculos para apaciguar la furia de Artemisa, siendo emplazados a que las niñas de Atenas suplieran a la osa emulándola en sus gestos antes de que éstas se casaran.
 
 
 
Y efectivamente, a partir de ese momento las niñas atenienses entre los cinco y los diez años, debían pasar cierto tiempo en el santuario para iniciarlas en el difícil trasiego entre la infancia y la edad adulta. Para ello, las pequeñas ataviadas con túnicas de color azafrán se preparaban en el arte de tejer, la carrera o en la danza, emulando también en esta última disciplina los gestos simbólicos de la osa original de Artemisa. Este es el motivo por el que las pequeñas eran denominadas como Arktos (oseznas).
No sólo disfrutaban de estas temporadas de consagración exclusiva sino que cada cuatro o cinco años, procesionaban desde su santuario en Atenas al de Braurón para establecer unos ritos exclusivos de las pequeñas en las que previsiblemente se despojaban de sus túnicas cortas para realizar carreras desnudas o para saltar unas kráteras dispuestas en posición inversa, para posteriormente vestirse en un acto que quizás simbolizaba el trasiego vital de la etapa infantil a la adulta o entre ese aspecto salvaje de la puericia, al orden y la calma que ofrece la madurez.
Paralelamente y tal y como se pueden apreciar en los relieves, se le consagraban sacrificios como el de un toro, o se les entregaba a la diosa los elementos infantiles que habían formado parte de sus vidas como túnicas cortas, los paños manchados con los primeros menstruos o juguetes infantiles.
Es muy probable que con la expansión demográfica de Atenas no fueran todas las pequeñas de la ciudad sino un grupo representativo.
 
 
 
Todos estos ritos se presentan como elementos de procedencia arcaica. El hecho que Ifigenia fuera una de sus primeras sacerdotisas, la adopción de una líder de alto rango ataviada como una osa o la ejecución de estos ritos amparados en la oscuridad, pues las estatuas muestran como las pequeñas portaban antorchas, sugiere que se adaptaron sus metodologías a lo largo de los siglos como una práctica habitual entre las niñas.
 
 
 
Como curiosidad, las pocas representaciones de Artemisa como madre lactante se engloban dentro de este contexto, afianzando su carácter protector de la infancia femenina y virginal.
 
Así, cuando ascendáis la Acrópolis y quedéis en la escalinata del Partenón mirad a vuestra derecha y pensad en las miles de niñas que consagraron sus vidas a la diosa virginal e indómita que representa Artemisa. Hay mucho más de lo que se ve a simple vista.
 
Mireia Gallego
Mayo 2026
 

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